
A los señores ésos del Nobel
En las guerras justas no se muere de hambre o de sed. En las guerras justas un chico, pongamos Benito, descalabra a otro, Jose Luis, mientras éste le clava un boli Vic en la espalda. En las guerras by law, un misil teledirigido no hace daño a nadie, apenas molesta con su zumbido guasón, al sobrevolar nuestras cabezas. En los partes de guerra de las guerras justas, las chicas rubias se atusan el pelo antes de comparecer ante las cámaras prime time. El tinte rubio lo inunda todo de hecho. Así ocurre que en las guerras justas los muertos son gente diletante, exagerada en el gesto, sin maquillar y por eso pasa lo que pasa. No hay guerra justa donde no se realice una competición de tiro de zapato, de trajes a medida o exhibiciones de botas camel de camuflaje. Todo lo demás es integrismo, desconocer los mecanismos de la guerra justa, estar al margen a un lado, ser desigual un espontáneo, advenidizo en suma. Los profesionales de la guerra justa, Jose Luis y Benito, no le cuelgan el teléfono a nadie (ni siquiera a los operadores de Orange, por no saber hacer su trabajo). Todo funciona como una máquina perfectamente engrasada, los eslabones los descalabrados realizan su misión en una cadena sin fin, con forma de ele ¡y hala, a otra cosa mariposa! Qué buenos seremos cuándo nos acompañe la fortuna de participar en una guerra justa, qué malos en cambio cuando no se nos ofrece la oportunidad. Desde ya quiero ser llamado a servir en una operación quirúrgica para destruir una fabrica de farmacéuticos. O irrumpir, vuelo raso, en la ceremonia de una boda tribal, sin garantías ecuménicas quiero decir. Presento mi AK-47 bendecido por el Papa, Orange, el Premio Nobel de la Paz y por los abajo firmantes que gozosos, elevamos nuestras cabezas a mayor gloria de las Guerras Justas y para ofrecernos humildes trajeados la cara lavada y recién peinados. Vaya como Barack.