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martes, 3 de febrero de 2009

SALE, PRESEGUIDO POR UN OSO


Estaba pensando en el advenimiento de India el Xargall da Silva (la pastora de Brie que llegará el viernes a casa, creo) y en la indudable decepción que sentirá al ver el apartamento. (El parque de Berlín la pasee en su seno y nuestro más que previsible cariño le proporcione el calor de gas natural)
Cuando, eso de los 3.300.000 parados, que si los ponemos uno detrás del otro, ya tenemos el camino de Santiago hecho (no creo que a Prisciliano le parezca bien, aunque al apóstol, más próximo a los palios privados…). Parados a los que no hay que descartar sumarse un día, sin hacer camino alguno para el caso. Y en como ese día pienso (ahora con el trabajo no tengo tiempo), quemar los bancos, promover la revuelta social y al cabo mandar al cadalso (y no al pueblo que frecuento del mismo nombre) a todos los neocon que nos han conducido al idem. ¡Viva el mal, viva el capital! oía cuando jugábamos con los Click de Playmovil, y los electroduendes mostraban quién mola y quien no.
En eso y en la canción para después de una guerra que le he prometido al Abate loco de Santa Maguncia y que no se lo va a creer, pero voy a rescatar el texto publicado en los Proscritos (http://www.losproscritos.com/, gracias Sulle), ahora titulado de otra forma y que sigue:

Asi que pasen 30 años.

Una mañana de Agosto, Antonio y Josefa se asomaron al altar, en una iglesia de Plaza de España. El sacerdote que les sorprendió ensimismados, convirtió su curiosidad en santo matrimonio. Aquella noche la pasaron en una pensión del barrio de Maravillas. El tenía 53 años, ella acababa de cumplir los 39. Ambos aparentaban esa edad.
La noche siguiente les cobijó un vagón de segunda, en el expreso de las Rías Bajas. Pasaron a continuación, toda la semana cortando hierba. Ella preparaba ponches de vino honesto con yema y azúcar. El apurando guadaña, resoplando con la hoz y viendo caer las gavillas de centeno, que entonces recibían otro nombre. A veces se apoyaba en el carro de las vacas, a veces no.
Volvieron cansados y al decir de todos, casados, a una casa de la calle Ángel Larra. Mientras carretas de grava inventaban la calle, ellos concibieron.
Les visitó la familia para tomarse unas fotos delante del aparador, que vestía el salón y cuando éste ya estuvo lleno de ellas, tuvieron un hijo.


Pues bien, como el hombre sólo piensa en perros y en la muerte (variante XXXII), aprovecho para cruzar el escenario de puntillas, hacer una última reverencia, decir la última frase:

-Nadie llore. Soportemos la preciosa aportación de lágrimas, en los párpados.

Fin.
Sale, perseguido por un oso.

viernes, 30 de enero de 2009

INVOCACION A LOS ELEMENTOS Y A LAS FUERZAS DEL ABISMO


Quizá sufra de un exceso de grandilocuencia, como quien se calza unas plantillas con halitosis. Quizá hubiera bastado con ponerse bajo la protección del Señor (que nos proteja con algo más que su santo nombre). Visitar el vientre de la ballena de Ismael y rogar por salir sanos y salvos, sobre todo salvos, de aquel otro Leviatán de la Cope y su red de taxistas trashumantes. Quizá baste no desayunarnos unos activos tóxicos, ni comulgar becerro de oro alrededor de la fogata. Valdrá con gestionar la incertidumbre, frenar la culpabilidad y no transmitir ansiedades (Sulle a bocado de taxi, me confesaba que él sólo tiene certidumbres, será por eso).

En la niebla sólo busco el contacto de otra mano, la linterna, el foco beatífico a pilas 1 ½. Fuimos ciudadanos de un país en llamas, clientes de Zanussi y Bru, ahora sólo compradores sin complejos. Y qué hago yo, si ya no quiero nada, si tengo la cueva de Alí Babá entera y no sé dónde recolocar a los 40 ladrones, venidos de no tan lejos. Cuelgo este anuncio, al que sin querer me he apuntado:

“Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito.”
Sir Ernest Shackelton, a bordo del Endurance, rumbo al Atlántico Sur.

El tonton me envía A-6 arriba, mira que estaba claro lo del Atlántico Sur, pero los olvidos viajan más de prisa, sólo las nostalgias cambian de sitio. Busco asidero en la voz de otro viajante:

“He subido a los montes, he franqueado las cimas; pero los caminos llanos son los que más me cuesta andar.”
Ho Chi Ming.

Esta mañana nos ha visitado la niebla, esta noche tocarán los de El Caso de la Habana en el Gruta 77 (C/ Cuclillo,6 ) y habrá que hacerles unas fotos. Si logro permanecer erguido frente a la pantalla, sino me infrinjo heridas incurables en la espalda (¡qué la del primo Antonio cure pronto!), mañana os lo cuento.

Voy de la mano de Boris Karloff por Arturo Soria (somos hijos de Frankestein, sin alcanzar su talento) y el tranvía 70 (en caso de pericolo, tiren de la maniela) se aleja indiferente, indefinido, nunca lo veremos circular más. El abate loco de Santa Maguncia vocifera (ante el asombroso enojo de sus superiores) por las copas de los pinos, Samson y Dalila dan los primeros pasos para la destrucción del Templo.