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viernes, 27 de marzo de 2009

EL COLEGIO ALBE

Nada lo hacía presagiar. Estábamos en la inauguración de Prestell (Artehotel, Hotel María Elena Palace, hasta el 3 de Mayo, http://www.chh.es/mariaelena/arthotel-es.html), una bien colocada colectiva, con la presencia de Canogar y muchos amigos largamente ausentes, sin justificación; cuando al realizar un giro (casi del destino) Prestell me interroga:
-¿La conoces?, no se escuchó música de serafines, las luces no oscilaron, nadie vio caer desfallecidos los pájaros, pero me encontré con la prueba palpable de que los 9 años transcurridos en el colegio Albe no eran mera ficción, una hermosa y cálida ficción.
Me incliné a besarle la mano y estuve a punto, como un héroe clásico, de cogerme a sus rodillas, las de Alicia Bejerano, las de la profesora y esposa de D. Leoncio. D. Leoncio Bejerano, director del colegio Albe, al que un tic nervioso en todo el cuerpo me impide quitarle el Don, transcurridos tantos años.
No hice más que besarle las manos bien nutridas (lleve ese aroma toda la noche, incluso lo seguí oliendo después de perder el móvil). Nos contamos muy someramente que habíamos hecho en estos casi 30 años (¡30 años, dios de Israel y Judá!) y desfilaron ante nosotros Don Daniel, Don José Manuel, Dª Mª Carmen que enseñaba física y piernas, Rafael que nos enseñó la Internacional (espero que no le cueste un expediente disciplinario)
Y creo que le agradecí con torpes palabras y formas, la deuda que aún tenemos con ellos. Por una noche en el monte pelado a la hora de siesta, por no permitir que D. José Manuel nos pegara en el gimnasio (eran tiempos de manos regordetas marcadas en la cara), por el íntimo terror de la libreta de D. Daniel, que una vez al año se reunía en Palma de Mallorca con otros latinistas, para sólo hablar en la lengua de los Césares, (voy a sacar el bolígrafo negro, Rodríguez esfuércese con el subjuntivo, no me obligue usted). Por la filosofía y la educación cívico social que nos hacía levantarnos como con un resorte a la entrada del maestro. Por las fotos que nos realizaron, confío que no perdidas y las visitas al despacho del director, casi siempre para recibir una matrícula de honor o una reprimenda del mismo rango. Por habernos sacado a jugar al baloncesto con las niñas del Santo Angel. Sobre todo por eso. Por el olor a la tiza de colores y la pizarra y los trabajos manuales (aprendí a cortarme y a golpearme en la mano, con todo lo que me daban y aún no he olvidado como se hace). Por las horas de recreo y juegos, por haber vigilado para que no nos matásemos y sobre todo por haber conseguido que después de treinta años no hallamos matado al niño. Por eso, no dejé de besarle las manos.